PARTICIPACIÓN DEL VICEPRESIDENTE ÁLVARO GARCÍA LINERA EN LA INAUGURACIÓN DE LA IV REUNIÓN DE MINISTROS DE CULTURA DE LA CELAC, DESARROLLADA EN EL HOTEL CAMINO REAL, EN SANTA CRUZ DE LA SIERRA

Viernes 7 de octubre de 2016

Muy buenos días a todos, muy buenos días a todas.

A nombre de nuestro presidente Evo, quien no pudo acompañarnos, hoy, por un cruce de agenda con la delegación de la República Popular de China, me pidió que expresará la pena que siente de no estar con ustedes, el día de hoy.

Pero, como gobierno y como país nos sentimos muy alagados, muy contentos por la presencia de cada uno de los ministros, viceministros y autoridades culturales de nuestra Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, Celac.

Cuando hablamos de culturas, somos ministros de culturas y viceministros, ¿de qué estamos hablando?, ¿qué significa hablar de cultura?, décadas atrás la palabra y el concepto cultura estaban referidos a la acumulación de conocimientos y de lecturas, de una especie de enciclopedismo, algo pedante, y se hablaba de la cultura como eso, como la acumulación casi inerte y pasiva de un conjunto de saberes, por lo general, especializados y, por lo general, elitistas.

La cultura, evidentemente, es lectura, aunque no es únicamente eso, los saberes, las lecturas, el teatro o la capacidad de discernir una buena sinfónica es parte de la cultura; pero no es únicamente eso.

Posteriormente, hubo otra lectura de la interpretación de lo que es la cultura, la cultura como tradición, como hábito, frente al elitismo casi pedante al que se reducía anteriormente la cultura, vino esta otra contraparte que buscaba incorporar la herencia y lo popular dentro de la definición de cultura y ciertamente la tradición es cultura, ciertamente, los hábitos y las herencias acumuladas de antiguas generaciones y que nos llegan a hoy forman parte de la cultura, pero no es únicamente eso la cultura, la cultura desborda eso.

El problema con estas dos definiciones es que se ubicaba a la cultura como un hecho pasivo, como un hecho heredado y ciertamente la cultura es también herencia, pero la cultura es también acción, es también creación, es también manera de organizar el futuro.

Ya los antropólogos, los sociólogos han ido ampliando estas miradas sesgadas de la cultura haciendo como una enumeración de la cultura, como conocimiento, como costumbre, como creencia, como el arte, como los hábitos, como los símbolos, como las aptitudes, como los valores y comportamientos adquiridos como miembros de una colectividad, de una comunidad, de una sociedad, de un país o de una región.

Esta es una definición mucho más amplia, esta acumulación de actividades es una definición mucho más amplia que incorpora actitudes de herencia, como actitudes de creación y es una mejor definición de cultura. El problema con esta definición de cultura es que se concentra en las expresiones de la cultura, en las manifestaciones de la cultura y no en el hecho esencial.

Evidentemente, un conocimiento es una forma de cultura, ya sea el conocimiento académico o el conocimiento transmitido de generación en generación de manera verbal, es cultura; las creencias con las que nos ubicamos en el mundo son también cultura, el arte, el cine, la música, el baile, la danza y las costumbres alimenticias son también cultura; pero cada uno de estos elementos hablan de las expresiones, de las manifestaciones a través de las cuales se realiza el hecho cultural. Es una mejor definición, pero se queda en la expresión y no en la sustancia de la cultura.

¿Qué tiene en común la danza con un libro?, ¿qué tiene en común una película con una tradición oral?, ¿qué tiene en común un hábito alimenticio con una capacidad estética para preciar un traje, un diseño o un tejido?

Lo común –y ese sería el hecho cultural fundamental– es que son formas de conocer el mundo, la cultura es una forma de conocer el mundo, es un modo compartido de conocer el mundo, ¿qué más tienen en común cada una de esas expresiones culturales?, son también maneras de representar simbólicamente, estéticamente, moralmente, ese mundo que nos rodea. La cultura es el modo en cómo significamos, le damos sentido al mundo.

¿Qué más tienen en común estos comportamientos con los cuales hemos identificado la cultura desde el libro, la literatura, el arte, la música, un diseño, un tejido, una estatua, un hábito, una estética, una capacidad alimenticia? También tienen en común porque son formas de organizar el mundo, la cultura organiza el mundo. Es la manera en que el ser humano ubica las cosas, no solamente representa y conoce, sino las ubica, las jerarquiza, las diferencia; pero también, y evidentemente, la literatura, la música, una escultura, una danza, un plato alimenticio son formas también de actuar en el mundo, a través de estas expresiones, los seres humanos actuamos y transformamos en el mundo.

Entonces, cultura es una forma de conocer el mundo, cultura es una forma compartida de simbolizar el mundo, de representar moralmente y estéticamente el mundo; es una forma de organizarnos nosotros en el mundo y la cultura nos da esquemas, fórmulas para ordenar ese mundo, porque, sino, se nos presenta como un caos que aplasta el alma y la cultura lo que hace es ordenar el caos, diferenciar el caos, jerarquizar el caos, es decir, darle un sentido.

Y, por supuesto, la cultura actúa en el mundo, la cultura tiene una función práctica, la cultura también tiene una función transformativa. Aunque sea una danza muy tradicional, aunque sea un tejido o una figura muy antigua, el hecho de que nosotros la utilicemos hoy, le demos vida hoy, estamos transformando el mundo, cambiando el mundo, ordenando el mundo actual.

Pero hay un elemento, que es ya más amplio y que nosotros no debemos dejar de lado, especialmente las personas que tenemos función estatal, en la administración pública, que la cultura es también una forma de influir en el mundo o en las personas del mundo, por eso decía, son modos compartidos de conocer, representar, de organizar, de actuar, es decir, la cultura es influencia. Es un modo de influir en el comportamiento, en la estética, en la moral, en la representación, en la acción y los signos de otros.

No solamente es pasivo, herencia; no solamente es activo, transforma; no solamente es cognitivo, organiza, conoce, sino que también influye. La cultura es una forma de acción que influye en las mentes, en los cerebros y en los corazones, y en los esquemas morales y lógicos de las personas.

En ese sentido, la cultura es el universo lógico, simbólico y moral con el que nos ubicamos, actuamos e influimos en el mundo; esquemas lógicos, esquemas simbólicos, esquemas morales conscientes y no conscientes, reflexivos y prereflexivos con los que cada persona se ubica en el mundo, con los que cada persona actúa en el mundo, con los que cada persona influye en el mundo, en su entorno, su comunidad, su provincia, su país o el mundo entero.

¿Por qué hago hincapié en la definición de cultura, por qué hago este recuento de la definición de cultura? Para darle la importancia y la relevancia a la cultura en la sociedad y para el Estado, para los gobernantes.

La cultura –ya lo decía nuestro ministro de Culturas– es un cohesionador, es el principal mecanismo con el que las sociedades se convierten en comunidades, en comunidades de destino, en comunidades de acción, en comunidades de historia.
Sin la cultura seríamos un simple amontonamiento de personas en la geografía, lo que convierte a las personas en la geografía en miembros de la comunidad es la cultura: el idioma, las tradiciones, los hábitos, las costumbres, la civilidad que vamos adquiriendo desde la escuela, desde el colegio, desde la casa, todo eso hace el mundo de la cultura, los vuelve partícipes activos, receptivos y creativos de una comunidad en marcha, de una colectividad social.

Pero, también, la cultura es el gran transformador social, cuando uno estudia la historia de las revoluciones del mundo, en la sociedad contemporánea, en el caso nuestro desde Túpac Katari, desde Pablo Zárate Willka, la revolución del año 1952, la revolución democrática y cultural realizada por el presidente Evo, o, en el extranjero, la Revolución Rusa, la Revolución China o la francesa o norteamericana, cada una de estas revoluciones ha venido precedida de grandes cambios culturales.
Gramscianamente podemos decir que toda revolución política está precedida, está antecedida, por una previa revolución cultural, es decir, de una revolución en los esquemas lógicos, morales y organizativos con los que las personas representan, organizan, significan y actúan en el mundo.

Ya sea para consolidar un Estado o un régimen político, ya sea para revolucionar un Estado o un régimen político, la cultura es el factor decisivo.
No hay estabilidad estatal sin cultura, no hay revolución político estatal sin cultura, no hay revolución político estatal sin previa revolución cultural y simbólica.
Es en el ámbito de los espíritus y de los esquemas morales y lógicos en los que se juega el destino de las sociedades para conservar o para transformar.
En ese sentido, un político, es decir, una persona involucrada en la gestión de los bienes comunes de una sociedad no puede olvidar nunca que el Estado –y nosotros somos gente de Estado– es 50 % materia y 50 % es idea; 50 % es gestión, es transformación, es acción, son informes, es burocracia, es decisiones; pero 50 % de trabajo de un Estado es idea, es esquema mental, lógico y moral.

Entonces, un político, un gobernante, un presidente, un vicepresidente, ministros y asambleístas tienen que saber orientar su pauta y saber entender la importancia del ámbito cultural en la consolidación de las decisiones y en la transformación del orden establecido.

En ese sentido, la relación entre política y cultura es inmediata, si la política es la lucha por el monopolio, de la forma de organizar el mundo, de las formas de representar el mundo, la cultura es parte de la política y la política es fundamentalmente cultura.

Con más razón, la cultura es un elemento central de los Estados y a veces no nos damos cuenta, porque a veces tendemos a reducir a la cultura al hecho de la literatura, o al hecho del folclor que es parte de la cultura, pero es mucho más que eso, la cultura, en el fondo, es cómo las personas se ubican en él. Y la lucha por el poder político es la lucha por quién va a administrar, quién va a conducir, quién va a influir de manera decisiva en esos esquemas morales y en esos esquemas lógicos con los que aquella persona de a pie, de la calle, la señora del mercado, el joven de la universidad o el transeúnte se ubican en el mundo.

En el fondo, un gobernante, a veces, sin saberlo, lo que hace, fundamentalmente, es cultura, mejor si sabemos lo que estamos haciendo porque la política en un 50 % es hecho cultural, es hecho cognitivo, es hecho organizativo, es hecho lógico, es hecho moral sobre las consciencias y los espíritus de las personas.

He hablado de la cultura como un hecho fundamental de la cohesión estatal y de las revoluciones estatales, de las revoluciones políticas; pero, he dejado de lado, deliberadamente, otro componente u otra dimensión de la cultura que es la dimensión transnacional, todo Estado se cohesiona internamente a partir de los flujos culturales, es decir, de los esquemas lógicos, morales, estéticos y prácticos con los que se actúa en el mundo.

Pero hay flujos de la cultura que van más allá de los Estados, la cultura fundamentalmente es un hecho de la sociedad civil, pero el Estado influye sobre esas construcciones y direcciona a esa sociedad civil sino no es Estado, para eso es el Estado, para eso es el gobierno.

Hay un flujo de lo cultural que desborda los Estados, y no nos damos cuenta, como la música, desde hace más de 80 años, ahora con mayor fuerza, la música que es producida en una región, en un país y cuya influencia estética, auditiva y armónica se despliega y arrasa con los países, traspasa los continentes; las películas, la literatura, los conocimientos académicos. Hay una dimensión transnacional y transterritorial de la cultura, de la producción cultural.

¿Este es un peligro para las identidades nacionales? No, para nada. Cultura es también la capacidad de procesar, absorber, adquirir y enriquecerse con los flujos que se generan en otras partes fuera de nuestros Estados nacionales, lo fue siempre así, las autarquías nunca existieron, todo Estado, toda civilización, desde tiempos inmemoriales siempre ha sido sólida por su capacidad de absorber, de adquirir y de procesar a partir de un tronco común, el conjunto de flujos transterritoriales, de los flujos transnacionales, de los flujos transestatales o de los flujos transcontinentales de la cultura.

Por lo tanto, esta transterritorialidad del flujo cultural no es un peligro ni para las identidades ni para los Estados, un Estado y una identidad son sólidos y son vivos en la capacidad de procesar estos flujos transterritoriales culturales y de adecuarlos y de resignificarlos a partir de su tronco identitario propio, como una nación, una nación no existe porque se aísla del resto, una nación tiene un tronco constitutivo, que es una manera de organizar el mundo y eso le permite dialogar, vincularse y enriquecerse y enriquecer a otras naciones, igual, con la cultura.
Una cultura nacional es fuerte no porque se encierra sino porque es capaz de absorber y de enriquecerse y de enriquecer a las otras culturas nacionales a partir de un tronco identitario común, que es una especie de matriz ordenadora de lo que circula en la cultura.

Sin embargo, esa cultura nacional, esa identidad nacional, no puede perder de vista que hay un flujo transterritorial, ¿por qué me detengo en el flujo transterritorial del hecho cultural?, porque eso nos permite ver una segunda dimensión de la identidad y de la territorialidad.

Tenemos nuestras identidades nacionales, al interior de nuestras identidades nacionales, la plurinacionalidad de nuestras naciones indígenas en el caso boliviano, pero eso no es para olvidar un segundo piso de la identidad de la producción cultural y del destino territorial de nuestros pueblos: la dimensión continental.

¿Por qué ahora es importante la dimensión continental?, no solamente porque la cultura está circulando continental y transcontinentalmente, no solo porque los flujos económicos son transnacionalizados, transterritorializados y transcontinentalizados; no solo porque el comercio está así; sino porque fundamentalmente el siglo XXI va a estar dirigido y dominado, no por los Estados nacionales, sino por los Estados continentales: la Unión Europea, más allá de Gran Bretaña; Estados Unidos, China y Rusia son las grandes potencias que tienen una dimensión continental y esta dimensión continental de estos países en torno a los que se articulan otros países son los que definen el curso y el destino del mundo, en su economía, en su política y en su cultura.

El siglo XIX fue el siglo de la construcción de las naciones, el siglo XX fue el siglo del dominio de las naciones Estado, el siglo XXI va a ser el siglo del dominio y de la conducción de los Estados continentales.

¿Y qué tenemos en común México con Bolivia, qué tienen en común Chile con Argentina o Argentina con Ecuador, o Perú con Colombia, o Colombia con Costa Rica, o Dominicana con El Salvador, o El Salvador con Uruguay o Paraguay?
Lo que tenemos en común es una historia de dominación colonial, un idioma, una situación de subordinación mundial, tenemos en común una historia anticolonial, pueblos e identidades y naciones indígenas o afrodescendientes en nuestras poblaciones, en el caso de Bolivia mayoritaria, en los casos de Ecuador y de Guatemala también mayoritaria, en otros casos minoritaria, pero que atraviesa toda nuestra identidad cultural y nuestra territorialidad.

Esto significa que esos 600 millones de personas, que estamos en Celac, tenemos muchas cosas en común, también muchas cosas que nos diferencian, y nosotros tenemos que trabajar esas cosas en común: el idioma en común, la historia colonial en común, identidades indígenas en común, relaciones de subordinación en común y luchas de liberación en común que permiten, entonces, imaginar un Estado continental y no solo como una utopía de compromiso espiritual, sino como una necesidad nacional.

Cada país, por sí solo, de América Latina, quizá a excepción de Brasil, no cuenta en el mundo, no influye en el mundo; el mundo puede desarrollarse y se va a desarrollar independientemente de cada país por sí solo en América Latina y si actuamos así, el siglo XXI será la repetición del siglo XX, de una América Latina que juega como sujeto subordinado, como sujeto pasivo de las grandes decisiones del mundo, que no pasan por América Latina hoy.

Pero si nos ubicamos en la lógica del mundo, en su lógica económica, en su lógica política y en la lógica cultural, tenemos que imaginarnos como continente, como Estado continental.

Esto no significa dejar de lado las identidades nacionales, no. El Estado continental latinoamericano tiene que respetar cada identidad nacional, la boliviana, la chilena, la ecuatoriana, la argentina, la paraguaya, la uruguaya, la brasileña, la colombiana, la venezolana, la nicaragüense, la costarricense, la mexicana; pero puede, a la vez, sobre ese respeto a la identidad nacional, imaginar un segundo piso de integración con instituciones estatales comunes y compartidas, en lo económico, en lo legal, en derechos humanos y en el ámbito cultural.

De tal manera, que actuemos ante el mundo, en los siguientes 30 o 40 años, como continente; un continente que el día de hoy constituimos más de 622 millones de personas, que tiene un Producto Interno Bruto de 5.5 billones, millones de millones de dólares, es un poco menos de la mitad del PIB de Estados Unidos y la doceava parte del Producto Interno Bruto del mundo.

Si eso logramos construir en las siguientes décadas, el continente se vuelve relevante en el mundo, y va a tener la capacidad de direccionar –no diría de mandar– sino de direccionar y de influir en el curso de unas políticas globales que se han consolidado y que no van a ir para atrás, es decir, estamos hablando de un Estado continental plurinacional donde se respeten las identidades nacionales en el primer piso, con sus instituciones y sus normas, pero donde se va creando un segundo piso de cosas comunes que nos permita influir, primero, en el comercio mundial; segundo, en la producción mundial; tercero, en la política mundial y todo ello atravesado por una influencia, igualmente, cultural mundial.

Como continente tenemos las mayores reservas de agua dulce del mundo, como continente tenemos un papel privilegiado en la producción de gas y de petróleo en el mundo, como continente tenemos el mayor reservorio de materiales y minerales raros del mundo, tenemos reservas de litio, tenemos las mayores reservas de biodiversidad del mundo, tenemos gente muy joven con creciente formación académica, tenemos un mercado grande de 600 millones de personas que van pasando de la extrema pobreza o pobreza hacia la clase media y se convierten en consumidores que dinamizan cualquier economía del mundo.

La idea de un Estado continental plurinacional no significa una homogenización política de los gobiernos, pueden haber muy conservadores, socialistas, comunistas, liberales, todos demócratas, por supuesto, pero independientemente de ello, poder manejar una plataforma de influencia y de intervención en el mundo y si es cierta la hipótesis gramsciana de que a toda revolución política y económica le precede una revolución cultural, es en este ámbito donde vamos a dar los pasos más sustantivos.
¿Cuáles son las dificultades de la Unión Europea para consolidarse como un solo Estado?, tienen una única moneda, han creado un parlamento; pero no tienen una cultura compartida. Hace 50 años libraban guerras y estaban matándose unos a otros por un tema identitario.

En América Latina hay temas pendientes por resolver, pero con una voluntad de resolución de conflictos internos como latinoamericanos, hay una base y un soporte histórico, hay un soporte fundamentalmente cultural y hay una necesidad económica ante el mundo de actuar en conjunto para trabajar esta idea de nuestro Estado continental plurinacional, Celac es una apuesta a ello, Celac en una apuesta visionaria de un Estado continental plurinacional, porque compartimos un idioma, porque compartimos tradiciones indígena ibéricas, porque compartimos una buena o mala herencia republicana y hasta colonial, porque compartimos una ubicación en el mundo y en las jerarquías del mundo, y hay mucho flujo cultural en el dominio de la música, del arte, de la literatura, en el dominio de la artesanía, de los textiles, en el dominio de tantas, una infinidad, de expresiones culturales.

Yo creo, estimados ministros, que este tema no se va a resolver inmediatamente, no es un tema de un año, ni de una resolución, ni de dos años, ni siquiera de una gestión de gobierno, se requiere una mirada generosa de la historia, una mirada que apunte más allá de nuestra gestión de gobierno, que apunte más allá, incluso, de nuestra propia generación. Es un tema que va a ser resuelto en décadas, pero está claro que si no lo resolvemos, nuestra construcción estatal continental plurinacional, nuevamente América Latina perderá el tren del siglo XXI, es decir, quedará nuevamente como una región subordinada.

Eso no significa aislarnos del mundo, el eje de la economía se ha trasladado del Atlántico al Pacífico, hay que tener fuertes vínculos con la economía del Pacífico, desde Estados Unidos, evidentemente, hasta China, hasta el sudeste asiático, no olvidar a Europa con la que tenemos muchos vínculos y muchas cosas compartidas, por supuesto, tanto hacia Europa, tanto hacia Estados Unidos y hasta Asia tienen que expandirse y ampliarse los vínculos comerciales, los vínculos políticos y los vínculos culturales.

Está claro que si eso lo hacemos como país vinculándonos directamente a cada una de estas potencias continentales, obtendremos beneficios, pero siempre seremos los ninguneados de la fiesta, siempre seremos los subordinados de las decisiones que toman otros.

Pero si comenzamos a dialogar y a negociar, ante el mundo, como continente, con todas nuestras riquezas, capacidades y mercados, otra va a ser la manera de vinculación con Estados Unidos, con Europa, con China y con el sureste asiático.
Son temas que se deciden políticamente, pero son temas que, a la vez, se labran, se tejen, se articulan y se genera un sentido común en la cultura. ¿Cómo ayudamos a generar un sentido común en la cultura? ¿Cómo ayudamos a generar un sentido común continental que respete nuestra identidad nacional, pero que valore, que ambicione lo continental?

Esta es una tarea que está en manos de los gobiernos, de los ministros, de los productores culturales. Pongo en consideración el tema de que nuestra Celac no es solamente una institución más, es el destino, es nuestro verdadero futuro; no se trata de abandonar la identidad nacional y las estrategias nacionales por eso somos presidentes, gobernantes y ministros de naciones, pero la mejor forma de garantizar el buen destino de nuestras naciones es trabajando el buen destino del continente. Quizás la siguiente generación lo logre, pero las bases, los sustentos y la semilla la tiene que colocar esta generación.

Entonces, el siglo XXI ya no será el destino de los grandes países o definido por los grandes países, sino será un destino definido por los latinoamericanos, hoy nos toca jugar esa batalla en la cultura, no hay revolución política sin revolución cultural previa, no hay revolución económica sin revolución cultural previa, no habrá continente estatal sin previa continentalización de la producción cultural de nuestros países, de nuestras regiones.

Bienvenidos a Bolivia y muchísimas gracias.