DISCURSO VICEPRESIDENTE ÁLVARO GARCÍA LINERA, 6 DE AGOSTO DE 2016

Sábado 6 de agosto de 2016

¿Cuáles son las condiciones necesarias para lograr la grandeza histórica de una nación? ¿Por qué algunos países logran el bienestar duradero de sus ciudadanos y otros quedan rezagados en la pobreza?
Para responder a ello, hay gente que afirma que es la geografía como extensión territorial de los Estados, el clima o la diversidad ecológica lo que define el destino de las naciones.
Ciertamente, los componentes geográficos permiten incentivar determinadas actividades laborales en detrimento de otras, pero si este determinismo geográfico fuera cierto, no se podría explicar cómo es que países con una extensión geográfica reducida, pequeña, como por ejemplo, Japón o Austria, logren éxitos económicos mucho mayores que otros países con mayor extensión geográfica, como Afganistán y Sudán; o que países con similares condiciones geográficas, como Botsuana en África y Congo tengan ingresos económicos tan diferentes.
Por tanto, el factor geográfico puede ayudar mucho al desarrollo de los países, pero no es el factor determinante.
También hay quienes afirman que los hábitos culturales son los que definen el desarrollo de mejores o menores aptitudes creativas de la población, pero si esto fuera verdad, cómo se explicaría que países, como China, portadores de una larga tradición cultural, hayan podido pasar, en menos de una generación, de ser un país de ingresos bajos a ser, hoy, la segunda potencia económica más grande del mundo.
Últimamente, hay algunos economistas que afirman que es el tipo de instituciones del país lo que determina o define el desarrollo de las naciones, pero de ser verdad esto, cómo explicamos que países latinoamericanos, que durante todo el siglo XX, imitaron de manera irreflexiva un conjunto de instituciones políticas, militares, jurídicas y económicas europeas o norteamericanas, pero nunca pudieron alcanzar los niveles de bienestar de esos países que sirvieron de modelo a imitar.
Pero, además, esta explicación institucionalista olvida o esconde la riqueza y la propia capacidad redistributiva de varios países del norte que se sostiene en la sistemática expropiación de riquezas de los países del sur, ya sea de manera directa mediante la invasión colonial, como sucede hoy en Irak, Libia y Afganistán; o de manera indirecta a través de los intereses de la deuda externa, la manipulación de los precios de las materias primas o el comercio injusto.
Por tanto, población, geografía, cultura e instituciones son elementos históricos que ayudan a explicar el éxito o fracaso de las naciones, pero no son las determinantes de ese éxito o de ese fracaso. Y es que lo que importa del territorio, de la cultura heredada, de las instituciones o del número de la población es el modo en el que la sociedad valora, el modo en el que la sociedad utiliza y el modo en el que la sociedad aprovecha esos componentes heredados.
Es decir, depende de cómo adquieren significación política en la historia, esto significa que la relevancia del territorio, del número de la población o la cultura depende del modo de organización de la vida estatal, depende del modo en el que la sociedad organiza su visa en común, sus recursos comunes, sus creencias y principios lógicos y morales comunes; es decir, dependen de lo que llamamos la composición orgánica de la vida política de una sociedad.
Y, es que el territorio, población, cultura, instituciones y todas las condiciones objetivas heredadas por una sociedad, por sí mismas, son fuerzas productivas objetivas que reproducen el antiguo orden y las antiguas relaciones de carencia o precariedad de una nación, para que estas fuerzas productivas heredadas cumplan una función de promover una nueva sociedad, un mayor bienestar y justicia, deben ser utilizadas y procesadas para obtener nuevas metas, para alcanzar nuevos objetivos distintos a los que estuvieron prevaleciendo hasta ahora.
Estas nuevas metas capaces de dar una nueva significancia, una nueva utilidad a los recursos heredados, son lo que vamos a denominar el horizonte de época de una sociedad, de un país o de una nación.
El horizonte de época es la imaginación y creatividad de una sociedad, son los sueños y las esperanzas realistas que una nación comparte y que mueve las pasiones comunes de cada una de las personas, dando lugar a un terreno de impetuosa voluntad política nacional.
Sin horizonte de época, la esperanza como fuerza productiva y emotiva se diluye; sin horizonte de época, las condiciones objetivas heredadas, como el territorio y la cultura son fuerzas productivas pasivas que reproducen las antiguas condiciones y la escasez.
El horizonte de época es, pues, la hoja de ruta del porvenir colectivo, el diseño de futuro de una sociedad con la fuerza moral de despertar y se sumar las energías vitales de una nación para alcanzar la meta colectiva propuesta.
El horizonte de época, al tiempo de convertir a las condiciones objetivas heredadas en herramientas activas para obtener el objetivo colectivo deseado, permite incorporar otras capacidades, otras fuerzas productivas que las anteriores generaciones soslayaron y que ahora se convierten en fuerzas productivas del futuro posible, como por ejemplo, el conocimiento científico, la tecnología u otras materias primas o nuevas oportunidades abiertas por la dinámica del mundo.
El horizonte de época es el sello distintivo de la humanidad, en tanto, criaturas naturales que somos capaces de metabolizar las infinitas fuerzas del universo para lograr objetivos y metas humanas que beneficien a los seres humanos y al propio universo y naturaleza.
El horizonte de época es, pues, una producción de la vida en común, una planificación del bienestar compartido y, por ello, es un hecho político, una relación política, ya que la política, en sentido estricto, no es más que la conducción de la vida en común, la gestión de los bienes comunes de un país.
Sin embargo, una sociedad ha de actuar como intelectual colectivo general, ha de asumir el protagonismo de ser el gran albañil de su propio destino, de su propio horizonte, si y solo si, la inmensa mayoría de las clases populares conduce el curso de toda la propia sociedad y del Estado, es decir, si se convierten en voluntad de poder exitoso.
El horizonte de época puede ser planteado por distintas clases sociales y será tal horizonte histórico si el resto de las clases sociales lo aceptan y se adhieren activamente a él, se trata de la conversión de una clase social en clase universal y esto es en clase dirigente y organizadora del resto de las clases sociales de un país.
Hay horizonte de época cuando un sector social une, funde su destino favorable con el destino de toda la nación, lo que significa que ese sector social dirigente no solo lucha por su sector, sino también que lucha por las condiciones de bienestar de los otros sectores que componen el país. A esto es lo que se llama hegemonía política y, en el fondo, una nación es un tipo de hegemonía política histórica a largo plazo.
Si quien lideriza la nación entera es el pueblo sencillo y trabajador, que es la inmensa mayoría de la nación, entonces, el pueblo es la nación misma en movimiento. A este momento en el que las clases populares, campesinas, indígenas y obreras se vuelven sujeto universal, se vuelen nación que se emancipa de la dominación y son capaces de liderizar a todo el país, es lo que alguna vez, el filósofo comunista Gramsci llamaba catarsis o momento catártico de la sociedad.
En este momento catártico, las clases populares rompen las cadenas de la dominación y crean iniciativas soberanas en torno a las cuales se teje el nuevo país, el nuevo Estado, la nueva economía y la nueva cultura.
En resumen, el destino y la grandeza de las naciones tiene como factor determinante a las relaciones político-estatales que dan cuerpo a una sociedad.
La articulación de horizonte de época, porosidad de sociedad civil con sociedad política y modo de constitución de la clase dirigente es lo que podemos llamar la composición política de la sociedad y es lo que en definitiva explica la grandeza, la debilidad o el poderío de las naciones contemporáneas.
Sin composición política óptima, la geografía es solo distancia, la población es solo estadística y las instituciones son, únicamente, protocolos burocráticos; en cambio, es el horizonte de época el que garantiza la esperanza colectiva anidada en la cultura y convierte a la geografía en espacio vivo, donde se esculpe la voluntad general de la sociedad, es la catarsis social la que convierte a la inmensa mayoría de los habitantes de una nación en fuentes inagotables de creatividad que conquistan y agrandan el horizonte de una sociedad.
Es la adhesión orgánica entre gobernantes y gobernados o índice de porosidad entre la sociedad política lo que convierte a las instituciones en virtuosas canalizaciones de las expectativas y las capacidades de una nación.
Hermanos y hermanas, la historia de Bolivia es un ejemplo paradigmático de este efecto determinante de la composición política en el destino de nuestra sociedad, al amurallamiento racializado del poder político respecto a las clases populares e indígenas, sumada la externalización del excedente económico, de la riqueza económica, hacia países extranjeros, le han correspondido los tiempos de la sociedad colonial.
La república, hasta tiempos neoliberales, reprodujo esta externalización de las riquezas colectivas con la única variante de que las élites dominantes eran connacionales, que países como Ecuador, Perú o Chile hayan nacido a la vida independiente con población y riquezas similares a las bolivianas, pero que después de 180 años, Bolivia se haya rezagado cinco o diez veces respecto a esos países vecinos, habla de una composición política defectuosa que condicionaba que Bolivia sea considerada, hasta el año 2005, como el país más pobre de Sudamérica, como el país más inestable del continente, como el país más injusto y de mayor deuda social.
Sin embargo, los últimos diez años, todo ello se ha modificado radicalmente, hoy, Bolivia es el único país del continente en que las mayorías indígenas y populares han conquistado el poder político, alcanzando, así, índices de inclusión democrática más elevados del mundo.
Bolivia es el único país que ha convertido las iniciativas políticas populares, como la nacionalización del gas, como la Asamblea Constituyente, como la redistribución de la riqueza en políticas de Estado.
En esta última década se ha producido una profunda articulación entre Estado y sociedad. Lo que ha llevado a un despliegue de nuestro país, doy gracias a la nueva composición política alcanzada por los movimiento obreros, populares, indígenas y campesinos, gracias a la Revolución democrática y cultural, tenemos la economía de mayor crecimiento de Sudamérica y somos el Estado con el mayor índice de reducción de pobreza extrema del mundo.
La vergonzosa diferencia del salario mínimo de los trabajadores bolivianos respecto a lo que se paga o lo que se pagaba en los países vecinos y que llegó a ser apenas el 20 % de ese salario mínimo de otros países hoy se ha reducido a la mitad y en algunos casos es similar al salario mínimo de esos otros países.
La diferencia económica con Chile, que llegó a ser el año 2005, de 14 veces Chile a 1 Bolivia, al año 2015, en apenas una década, esa diferencia se ha reducido a 8 veces, y de mantenerse este óptimo estatal, tardaremos de diez a 13 años para alcanzar una igualdad económica con Chile.
Bolivia está de pie y en marcha ascendente, como sociedad y como generación nos hemos planteado como objetivo industrializar los recursos naturales y ya lo estamos haciendo con el gas, en el litio, garantizando así el crecimiento económico de las siguientes tres décadas.
La consigna nacional de convertirnos en centro energético del continente resume la voluntad histórica de cimentar nuestro poder económico en base al poder energético, incluido el dominio de la energía de fusión que tendrá en el litio boliviano a su principal combustible que alimentará el mundo.
Los bolivianos, independientemente de las regiones a las que pertenecemos y de las clases sociales de las que provenimos, tenemos un objetivo, un único horizonte de época, hacia el que convergen, de manera unitaria y apasionada, todas las energías sociales.
El siglo XXI es, pues, no cabe duda, de Bolivia y en el bicentenario recordaremos a nuestros ancestros que dieron su vida por nuestra libertad, pero lo haremos con el orgullo y la dignidad de haber hecho realidad sus valientes sueños de ver a Bolivia convertida en un país respetado por todos y convertida en una potencia continental.
Muchas gracias.