DISCURSO VICEPRESIDENTE ÁLVARO GARCÍA LINERA, 6 DE AGOSTO DE 2013

articulo publicado elMiércoles 6 de febrero de 2013

    ¿Qué es una nación? Es una comunidad política extendida con la suficiente fuerza interior para persistir en la historia, materializarse en un territorio propio, en prácticas políticas y culturales soberanas, en la idea de un ancestro común y la voluntad de un destino colectivo único.

    Una nación existe cuando los connacionales, independientemente de donde estén, aceptan participar de una hermandad histórica y cultural que las diferencia de otras naciones.

    Una nación da a las personas la certidumbre de una pertenencia social trascendente. La nación es, pues, la consciencia de una frontera social e institucional en la que las personas inscriben sus luchas, sus creencias fundamentales y el futuro de su descendencia.

    Una nación es una forma de riqueza común compartida entre los con-nacionales: una riqueza común que va desde el o los idiomas, riqueza común como las festividades, los símbolos identitarios; pasando por las instituciones, el territorio de ejercicio de derechos y de nacimiento, el usufructo compartido de los recursos sociales y de los recursos naturales, hasta la narrativa histórica del origen, del presente y de lo que vendrá.

    Las naciones son, pues, las comunidades políticas–culturales duraderas, quizá las más duraderas de la historia humana, pero eso no quita que constantemente se modifiquen, cambien sus contenidos, se reduzcan o se amplíen, dependiendo de la vitalidad nacional que las produce. Las naciones son cuerpos sociales vivos que cambian constantemente.

    Bolivia es, hoy, una nación a la que estamos construyendo los más de diez millones de habitantes que estamos en el territorio patrio y los más de dos millones de bolivianos que viven en otras partes del mundo, pero no siempre fue así.

    Cuando nació Bolivia, hace 188 años, no era una nación de todos, ni una voluntad de nación para todos, que para ello suponía la construcción de una común-unidad histórica y cultural con riquezas compartidas entre todos los habitantes de la patria.

    Todo lo contrario, pese al sacrificio patriótico de los guerrilleros de la independencia, de las republiquetas y las sublevaciones indígena-populares, las élites que se adueñaron de la independencia, realistas reconvertidos a patriotas de última hora, solo se propusieron una nacionalidad archipiélago basada en la estirpe, el apellido y el color de piel de hacendados y propietarios mineros, es decir, no más del 5 % de la población.

    En tanto que el resto de la población, el 95 % de pueblos y naciones indígenas originarias fueron consideradas el polo antagónico a la civilidad, el polo antagónico a la ciudadanía, el polo antagónico al derecho, a la propiedad, al entendimiento y a la nacionalidad.

    La nacionalidad boliviana emergió de la colonia sin indios; más aún, cabalgando en contra de los indios, considerados solo como herramientas parlantes de trabajo y de desprecio.

    Si la nación es una común-unidad extendida, ¿qué de común y de unidad tenían el mitayo y el patrón minero? ¡Nada!, ningún derecho, ninguna riqueza compartida, ningún ancestro y ningún porvenir.

    ¿Qué unía al pongo con el hacendado? ¡Nada!, solo el recurso diario del drama de la expoliación que da riqueza a unos y el exterminio físico de los otros.

    Bolivia nació como una identidad de pocos; de estirpes poseedora de títulos, de riqueza, de tierras, de cargos públicos, de minas, de recursos naturales, escuela y de poder heredado por apellido; y frente a ella, debajo de ella, muchas naciones indígenas carentes de todo, condenadas al destino fatal de la explotación, incluso, el derecho a su identidad estaba prohibido.

    A este tipo de nacionalidad, le correspondía el Estado Aparente, es decir, el Estado y gobierno de una facción, de unos pocos, organizado para excluir de derechos, explotar su trabajo y mantener a raya a la mayoría, a los otros, a los pueblos indígenas.

    Se trataba, entonces, de una nacionalidad excluyente y racializada. Por principio fundador, la posibilidad de modernizar el Estado y de irradiar la nacionalidad hacia las poblaciones indígenas estaba descartada en la mente de los gobernantes.

    Ello hubiera supuesto distribuir tierras, reconocer derechos colectivos, democratizar los cargos públicos, es decir, hubiera requerido que las oligarquías se negaran a sí mismas, demolieran las bases materiales de su existencia asentada en la creencia cerrada de su superioridad natural sobre los pueblos indígenas. Y está claro que ninguna clase social se suicida.

    Si algo comenzó a ampliar la base social de la nacionalidad boliviana, por encima de su encierro oligárquico, fueron las sublevaciones y las luchas democratizadoras de la plebe.

    En el siglo XIX, fueron los artesanos de Belzu, los comerciantes de chicha, los arrieros de mineral, los mingas asalariados de las minas los que, a punta de rebelión y de capacidad económica, obligaron a las élites a ampliar derechos, y con ello, a ampliar la base social urbana de la nacionalidad boliviana.

    En el Siglo XX, serán las sublevaciones del naciente movimiento obrero, la lucha por sus derechos salariales las que nuevamente ensancharán la base social del Estado y modificarán, parcialmente, el contenido identitario de la nacionalidad boliviana, incorporando el horizonte salarial en el ámbito de pertenencia nacional.

    La nacionalización del petróleo, en 1938, la primera; la nacionalización de las minas en el año 52, el voto universal y la guerra agraria que eliminó la hacienda en los valles y el altiplano desde el año 1953 ampliarán aún más la base material identitaria de la nación boliviana; y a raíz de la desaparición, en los años cincuenta, de la oligarquía minera y de los latifundistas que serán sustituidos por burgueses y pequeños burgueses, incluso parte del propio contenido identitario de la nación boliviana se transformará. Pero, pese a todo ello, el núcleo colonial con el que la nacionalidad había nacido, a saber el desconocimiento de las naciones indígenas pre-existentes a la república, el desconocimiento de los derechos colectivos y de los sistemas político-culturales indígenas, seguirá en pie.

    La superación del Estado aparente boliviano, la superación real de la nacionalidad fundada en el apellido vendrá de la mano del movimiento indianista y katarista, de las sublevaciones indígenas, campesinas, vecinales, obreras y populares del siglo XX y XXI, que producirán tres grandes cambios estructurales: el primer cambio estructural el reconocimiento constitucional e institucional de las naciones indígena originarias campesinas.

    El segundo cambio estructural, la ampliación de la base material de la nación boliviana mediante la nacionalización de los recursos naturales desde el año 2006, los inicios de la industrialización y la ampliación de los derechos colectivos y de la Madre Tierra.

    El tercer cambio estructural vendrá con la conformación de un nuevo bloque dirigente y unificador de la identidad nacional boliviana y del Estado a la cabeza de los movimientos sociales indígena, originario, campesino, obrero-vecinales y populares.

    El resumen de todos estos cambios es el Estado Plurinacional, que es el nombre de una unificación de una articulación orgánica entre nación boliviana, naciones indígenas, patria, territorio y Estado.

    Ahora, con la nueva constitución, la nación boliviana es la nación estatal que nos abraza a los más de diez millones de bolivianos que hemos nacido en nuestra patria. Es como la casa común que nos cobija a todos.

    Dentro de ella, existen las naciones culturales indígenas-originarias-campesinas poseedoras de una identidad nacional pre-existente a la república, e incluso, pre-existente a la colonia, que hoy tienen la capacidad de libre determinación y que nutren a la identidad boliviana. Pero, además, el bloque indígena, originario, campesino y popular es el que ahora articula, organiza, lidera la construcción y el contenido de la identidad de la nación boliviana y del Estado, en la perspectiva de un Estado integral.

    Así, todos los que nacemos en nuestra querida patria somos bolivianos y poseedores de una identidad nacional boliviana. Y una parte muy importante de los bolivianos poseen una identidad nacional compuesta porque también pertenecen a naciones culturales indígenas, originarias: aymara, quechua, guaraní, moxeña, urus, yuracaré, entre otras.

    La diferencia entre los que somos bolivianos y los que somos bolivianos que tenemos una identidad nacional indígena, no es que unos somos indígenas y otros mestizos; esa es una falsa diferencia. La diferencia es que unos somos bolivianos y otros somos bolivianos indígenas. En este segundo caso se trata de una identidad compuesta. El mestizaje no es una identidad, es una categoría colonial tributaria.

    En sentido estricto, todo ser humano del mundo es biológicamente mestizo; por nuestra sangre fluyen todas las sangres del mundo. Y culturalmente, toda cultura e identidad no es pura, ni se mantiene estática desde hace diez mil años atrás. Al contrario, toda cultura, toda identidad se enriquece permanentemente de los conocimientos, de las prácticas, de las costumbres, de las tecnologías, de los alimentos de otras culturas, pero que son organizadas y significadas por un núcleo propio que ordena las influencias externas.

    Por eso podemos haber aymaras comunarios, aymaras ingenieros, hay aymaras profesionales, aymaras transportistas o quechuas transportistas, quechas profesionales, quechuas comunarios, o guaraníes comunarios y guaraníes profesionales, puede darse esa variedad.

    El mestizaje no es, pues, una identidad, así como tampoco hay una nación mestiza. Todas las identidades y naciones del mundo tienen, en el fondo, algo de mestizos.

    La propuesta movimientista de los años 50 de volver a todos los pueblos indígenas en castellano hablantes propietarios, no es una propuesta de nación mestiza, es una propuesta de brutal extinción de las naciones indígenas, de destrucción de la clase comunal y la conversión de todos en pequeños burgueses castellano hablantes. Se trata de la construcción de una clase de pequeños propietarios en base al etnocidio.

    Porque también se podría hablar de otro mestizaje, como el planteado por el jesuita Blas Valera en el siglo XVI, quien frente al etnocidio colonial propuso una diarquía entre el rey y el heredero inca, manteniendo el sistema comunal del ayllu eso también podía ser visto como un tipo de mestizaje muy distinto al movimientista.

    Y en el fondo se pueden mencionar muchas otras formas de mestizaje, porque hay tantas posibilidades de mestizaje como clases sociales potencialmente dirigentes de la identidad, existan.

    Hablar de “nación mestiza”, en realidad, encubre un etnocidio y a la clase social encargada de llevar adelante ese etnocidio. En cambio, al hablar de nación estatal boliviana y naciones culturales indígenas permite afirmar el respeto y valoración de las naciones ancestrales, pero, también, la construcción común contemporánea que estamos haciendo todos en torno a nuestra identidad boliviana.

    La actual identidad nacional boliviana, a diferencia de la del siglo XIX, crea una común-unidad de la totalidad de los habitantes del Estado que compartimos un conjunto de bienes materiales, naturales, culturales y simbólicos comunes; pero, también, a diferencia de mediados del siglo XX, reconoce la existencia de naciones culturales ancestrales como tronco de la bolivianidad y que no necesitan autonegarse a sí mismas para construir esa bolivianidad.

    Por ello, no solo hay una consolidación de las naciones culturales indígeno-originarias en Bolivia, sino, también, hay una fortificante indianización de la propia nación estatal boliviana a partir del papel dirigente en la construcción del Estado por parte del movimiento indígena-originario-campesino-vecinal-obrero y popular. Es así como debemos leer los resultados del censo del año 2012.

    Y lo que es aún más prometedor, esta creación revolucionaria del Estado Plurinacional, de una nación estatal con muchas naciones culturales, muy bien puede ser el modelo de construcción democrática de la unidad latinoamericana bajo la forma de un Estado continental plurinacional, es decir, una gran nación estatal continental compuestas por muchas naciones. En el fondo, creo que eso es lo que soñaron los hombres y mujeres sublevados que nos heredaron la patria.

    Muchas gracias.

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