DISCURSO VICEPRESIDENTE ÁLVARO GARCÍA LINERA, 22 DE ENERO DE 2017

Domingo 22 de enero de 2017

Hace 36 años, cuando Bolivia estaba sumergida en la confrontación entre dictadura militar y democracia, en el mundo nacía la economía y Estado neoliberal como modelo a ser instaurado en todo el planeta.
Con la bandera de que no hay libertad a menos que haya libertad económica, de que la desigualdad es un derecho y que los pobres son pobres porque así lo eligen, Margaret Teatcher, primera ministra de Inglaterra, y Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos, iniciaban una larga cruzada planetaria en contra de la soberanía de los Estados nacionales, en contra del proteccionismo económico, en contra de los sindicatos obreros y los beneficios sociales.
Bajo la presión de los dos países capitalistas más poderosos del mundo y el chantaje financiero del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional, todos los países del planeta comenzaron a privatizar empresas públicas y a entregarlas a empresas extranjeras.
Comenzaron a prohibir la sindicalización laboral y se inició el despido de miles de trabajadores de las grandes empresas, se abrieron las fronteras para el libre tránsito de capitales y el libre tránsito de mercancías extranjeras.
Se implementó el libre comercio y el libre mercado mediante la firma de tratados de libre comercio entre los países. Se anunció el inminente fin de los Estados nacionales, el derrumbe de las fronteras y la caída de los muros que separaban países y, con ello, la llegada del reino infinito de la globalización neoliberal.
Había llegado la globalización neoliberal como nueva y definitiva religión global que habría de conquistar la mente y los espíritus de la humanidad, e inmediatamente se fue creando un descomunal aparato de persuasión cultural en torno al supuesto nuevo destino del mundo.
Los primeros en sumarse a esta gran estafa planetaria fueron los medios de comunicación, editoriales, comentaristas y titulares de periódicos, canales televisivos y radios crearon una monótona letanía mediática en torno al libre mercado y la privatización como las grandes soluciones al atraso y a la pobreza.
Institutos de investigación, ONG, fundaciones y una parte de las universidades sustituyeron la economía política por el “management” empresarial, la teoría del Estado por la gobernabilidad, y la critica académica por la charlatanería de “pajpakus” globalizados que imitaban a apóstoles anunciadores de una inminente salvación humana a manos del libre comercio.
Surgía, así, una liturgia planetaria que prometía ríos de miel a los globalizados y horrorosos castigos bíblicos a quienes se aferraban al proteccionismo, al Estado social y a la lucha de clases.
Poco a poco, en el lenguaje y en los criterios morales de la población se fue imponiendo un nuevo registro semántico de conceptos varios y valores socialmente apetecibles; en vez de Estado protector, se hablaba del mercado benefactor; en vez de la nación soberana, se hablará de globalización liberadora; en vez de trabajadores, se los llamará emprendedores.
Surge, así, el proyecto político y cultural planetario, un sentido común, una idea fuerza movilizadora de esperanzas colectivas en torno a las inevitables virtudes de la globalización neoliberal.
En Bolivia, la constitución de este pensamiento único viene acompañado de la legitimación de gobiernos de minorías corruptas, de pactos políticos partidarios clientelares para cuotearse ministerios y la subasta pública de la soberanía nacional a cambio de bisas presidenciales para visitar Disneylandia.
Pero a una obscena escenificación de lo que Gramsci llamó transformismo político, no faltaron pseudos socialistas, trotskistas, pseudo guerrilleros que comercializaron sus convicciones y sus almas por alguna consultoría, alguna vagoneta y viajes pagados que los convirtieron en los más fanáticos defensores de las privatizaciones, del gonismo y de la partidocracia espúrea.
En palabras de ellos, el neoliberalismo era como un tren en marcha y si uno quería colocarse en frente iba a ser arrollado, por eso, argumentaban, los transformistas políticos, que era mejor subirse al tren, trabajar para Usaid, hacer consultorías para el Banco Mundial, asesorar a ineptos ministros o ser ineptos ministros y, poco a poco, reducir la marcha de ese tren neoliberal.
De esta manera, el neoliberalismo selló, también, el destino de toda una generación fallida de izquierdistas bolivianos que soñaban con cambiar el mundo y terminaron engordando sus cuentas bancarias por sus servicios cumplidos.
La prueba de fuego de este momento épico, de esta ideología política neoliberal vino con el derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, chantajes nucleares de por medio, una infernal carrera armamentista impulsada por Estados Unidos, capaz de destruir varias veces el planeta y un declive tecnológico de los propios países del bloque soviético llegaron a su colapso televisado.
El llamado socialismo de Estado se caía y el mundo asistía, así, a la entronización de un único e inevitable destino: el capitalismo de libre empresa, la llamada globalización neoliberal. Según esta ilusión, la globalización era la meta final de la historia de la humanidad y a partir de este momento, 1989, sin adversarios al frente, lo que la gente tenía que hacer ya no era luchar por un mundo nuevo, porque aparentemente ya no había un mundo nuevo posible, distinto al libre mercado.
Por tanto, lo único que quedaba era modular o perfeccionar el mundo neoliberal existente, desde entonces, se comenzó a decir que ya no había que liberarse, sino que había que conformarse; que no había que luchar, sino que había que resignarse; que no había opciones de sociedad, sino tan solo opciones de mercancías.
Y cuando parecía que la historia había llegado a un aburrido fin, sin opción posible y que solo había que festejar el triunfo de la globalización neoliberal, resulta que esta globalización neoliberal, como proyecto político, acaba de morir de muerte súbita.
El nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acaba de certificar la autopsia de este cadáver insepulto. El presidente de la nación más poderosa y rica del mundo ha anunciado su guerra a muerte a los tratados de libre comercio, ha anunciado su voluntad de construir gigantescas murallas feudales para encerrar a su país del resto del mundo y, por si fuera poco, ha anunciado que la economía proteccionista, esa que fue demonizada por Reagan, Busch, Teatcher y el Banco Mundial, es, ahora, la única vía que ha de llevar a la prosperidad y a la fortaleza de sus naciones.
En otras palabras, el presidente Trump ha firmado el acta de defunción del proyecto político de la globalización neoliberal. Entiéndase bien, no es que la globalización económica ha de desaparecer, ella se ha iniciado hace 500 años, cuando se vinculó el comercio de Europa, América, África y Asia, dando lugar al mercado mundial.
Marx, que utilizó los conceptos de subsunción formal y de subsunción real, fue el más acucioso, estudioso y crítico de esta globalización comercial, primero, globalización financiera, después, y finalmente globalización cognitiva, tecnológica y medioambiental.
Esta globalización material habrá de continuar en las siguientes décadas, más lentas, probablemente; intermitentes, probablemente, pero habrá de seguir. Lo que sí ha muerto, lo que sí es un cadáver insepulto es la globalización neoliberal, como proyecto político-cultural-ideológico, como esperanza movilizadora, como ilusión capaz de convocar las pasiones colectivas, eso ya no va más, eso ha muerto.
La globalización neoliberal, como ilusión de bienestar se ha derrumbado y ha dejado a sus defensores sin proyecto político, sin discurso, sin propuesta para convocar a la sociedad. Los primeros síntomas de esta decadencia se hicieron sentir el año 2000, 2006, cuando en América Latina surgieron las luchas de clases, las revoluciones y la construcción de modelos económicos alternativos al neoliberalismo que, como el boliviano, es exitoso: hemos logrado sacar al 20 % de la población de la extrema pobreza y ha creado, en 11 años, cuatro veces más riqueza colectiva que en los 180 años previos.
El segundo síntoma vino de la mano del presidente Barack Obama que estatizó la banca norteamericana para sacar de la quiebra a los banqueros, mostrando que era una farsa la supuesta eficiencia empresarial.
Finalmente, el que el Producto Interno Bruto del mundo crezca más rápido que el comercio mundial, cuando años atrás, el comercio mundial crecía el doble que el Producto Interno Bruto mundial es un campanazo final de que la liberalización de los mercados ya no es más el motor de la economía.
La retirada de Inglaterra de la unión Europea, la promesa de anular los tratados de libre comercio, el anuncio de construir muros infames en la frontera con México y la reivindicación del proteccionismo son, pues, el certificado final de la muerte de la globalización neoliberal como proyecto político movilizador.
Paradógicamente, los que hablan ahora de globalización ya no es la derecha privatizadora sino los comunistas, aquellos que fueron declarados enemigos públicos número uno de la libertad, de la familia, del mercado y de la globalización.
La semana pasada el presidente de China, Xi Jinping, ha declarado, en Davos, una férrea defensa de la globalización inclusiva, a riesgo de convertirse en aliado de los comunistas, la derecha nacional y mundial ya no tiene político movilizador, ya no tiene un proyecto de mundo en torno al cual convocar las esperanzas de la población.
Amigos de la derecha, ustedes que se llenaban la boca del opio de las privatizaciones, que alababan el libre mercado y la globalización se han quedado sin proyecto, se han quedado sin propuesta política, sin discurso y sin sustento internacional.
La globalización neoliberal ha fallecido y ya no tiene nada que ofrecer a Bolivia, son, pues, fósiles nostálgicos de una ilusión fracasada.
Lo que hoy queda en los países capitalistas es una inercia sin convicción que no seduce a nadie, un manojo decrépito de ilusiones marchitas regadas por las tonterías de un puñado de escribanos de poca monta; esto hace del tiempo que vivimos un tiempo incierto, confuso, conflictivo en el cual –como decía Shakespeare¬– todo lo sólido se desvanece en el aire.
Pero, por eso es un tiempo fértil, ante la ausencia de certidumbres fáciles a nivel mundial, hay que luchar por nuevas esperanzas a partir de lo que hemos construido, a partir de los logros alcanzados. No puede haber mundo ni ser humano sin nuevas esperanzas y hay que construir esas esperanzas.
Muerto el proyecto neoliberal globalizador, hay muchos otros proyectos de sociedad posibles, como el que se construye en Bolivia, uno de estos destinos posibles es la sociedad de los comunes, la de los comunistas, la de las comunidades, las de la riqueza común, la de la responsabilidad común, la de la producción y de la felicidad común, la del cuidado común planetario de la naturaleza y de la vida. Eso es el socialismo comunitario, eso es el socialismo, eso es la comunidad universal de seres humanos y naturaleza.
Hay que luchar, pues, por estas posibilidades de sociedad; de esta manera, el trabajo, la sociedad, la esperanza y la vida, junto con la naturaleza, podrán estar a salvo.
Muchas gracias.